Pido prestado a Fernando León de Aranoa el título de esta película dirigida por él en el año 2002 para intentar escribir, desde la más absoluta desgana y el más indolente desapego a todo lo que, en estas horas, me recuerda al Club Deportivo Tenerife.
No me duele la derrota ante el Zaragoza. No puede dolerme, símplemente porque en fútbol todo puede pasar, y lo de hoy era previsible. El Zaragoza venía muy concienciado y muy reforzado, y el Tenerife no había parado de repetir que no era una final. Al final la balanza se decantó del lado visitante, quizá no fuera lo más justo con los merecimientos del partido, pero sí con la trayectoria fuera de los terrenos de juego de uno y otro equipo.
Hoy, domingo, a las tantas de la noche, casi a la vera del lunes, no queda sino recordar que se han escapado tres puntos que debíamos haber retenido y que, sin embargo, no supimos guardar.
¿Entonces?
Muy sencillo: uno puede pasar el lunes asumiendo que el equipo está en una situación deportiva insostenible, o que el Club no tiene disposición para fichar, aún cuando hubieran habido movimientos en pro de reforzar la plantilla. Sin embargo, ni ocurre lo primero ni sucede lo segundo. El equipo puede dar más de sí, y el Club puede negociar.
Perdón: podía. Porque ya se cierra el mercado. Quedan 24 horas, y seguramente no haya movimientos. Eso denota que, por encima de José Luis Oltra, no se ha trabajado nada desde el mes de septiembre. Vacaciones, a fin de cuentas.
Y mientras, todo el tinerfeñismo se pasa los lunes al sol.
Santiago Llorente es, a fecha de hoy, responsable de la ausencia de fichajes. El director deportivo ha mostrado su peor cara al no poner sobre el tapete ningún nombre.
Uno podría pensar que Llorente ha entregado informes al Consejo de Administración, y que el Club ha negado la mayor a las opciones de fichar. Es evidente que, en esas circunstancias, el director deportivo ha de dar un paso al costado y hacer constar a la masa social que su trabajo ha sido cercenado por unos directivos inconscientes o, lo que es peor, irresponsables.
Si, por el contrario, ha sido Llorente quien no ha entregado ningún informe al Club, es igualmente su labor abandonar su puesto, por incapacidad y por dejadez de funciones.
Todo ello tiene una excepción, y es que Llorente, en su legítimo derecho como empleado, decida mantener su puesto de trabajo cobrando íntegramente su sueldo, un sueldo que, o bien no justifican los directivos, o bien él demuestra no merecer.
Igualmente, el Consejo de Administración en peso tiene un saco de culpas que debe asumir, y que ya tiene adjudicadas sin que medie más que el propio transcurrir de los días. Las prioridades personales antepuestas al Club que administran los consejeros, los datos bailantes y las cifras maquilladas en pro de alimentar la opacidad informativa desde el Callejón del Combate, o, incluso, el incomprensible criterio económico establecido por la entidad para la confección de la plantilla.
Queda, por tanto, un cúmulo de obligaciones que tienen anotado el nombre de cada uno de sus corresponsables. Pocos, por no decir ninguno, de los altos cargos del Tenerife, se ven libres de dichas cargas. Todo esto, por desgracia, no hace sino empeorar la situación deportiva del equipo y el devenir clasificatorio de la entidad.
Y mientras, todo el tinerfeñismo se pasa los lunes al sol.